Benjamín vive en un psiquiátrico de Concepción. Lleva allí varios años. Sucedió que varios de sus familiares — dado su carácter poco convencional— hicieron seguimiento de sus andanzas, interviniéndole el teléfono. Aquello, indudablemente una trampa, sumado a su inexperta evasión de maniobras filicidas, lo arrojó a una despreciable celda bien parecida a una habitación común y corriente.
Bien. Dentro de las llamadas que sus padres lograron interceptar, y que posteriormente favorecieron el encierro de este hombre, destacó un par. La primera sucedió cuando lo telefonearon para advertirle que el dueño de cierto bar estaba indignado.
— Es la última vez que defiendo esa estúpida gracia tuya de cagar en la reserva de agua de la taza. El baño quedó hecho una mierda y tú bailando.
— No fui yo, corazón— confesó muy hipócritamente.
— Mi padre te vio Benjamín. Me las arreglé para justificarte una diarrea y unos tripis. Aproveché de encararlo, eso sí, por todos esos barriles vencidos de cerveza que ofrece a buen precio.
— Hiciste bien.
La segunda tuvo que ver con un nebuloso episodio en la Remodelación Paicaví.
— Te recostaste sobre la Avenida y suplicaste a gritos que la muerte te arrollara y te cortara en dos ¡Invocaste al amor! Tu cuerpo dividido, asegurabas, sería la primera pareja feliz de la ciudad…
— Espera… no. Todo eso no ocurrió.
— Está bien, exageré, estoy drogada. No invocaste al amor. Pero sí te arrojaste en medio de la calle, dispuesto a morir abrazado a tus intestinos.
— Qué hermoso.
El rumor de aquellas (y otras cuántas) llamadas había causado gran impacto entre los familiares de Benjamín, quien solía ser apuntado secretamente entre tíos, abuelas y primos: todos éstos completamente de acuerdo en encerrarlo cuanto antes.
Ahora, un maldito día todo este asunto llegó a un final, a uno canalla. Y si me lo preguntas, por supuesto que Benjamín se incomodó cuando detectó que el viejo amigo de sus padres (invitado esa noche a cenar) era en realidad un psiquiatra contratado dispuesto a ayudarlo. Por supuesto que se incomodó, también, cuando descubrió en los aplausos de su padre una señal, en la mirada del psiquiatra un contrato por cumplir y en las lágrimas de su madre un arrepentimiento tardío.
Es realmente jodido estar así de acorralado. Y mientras algunos canalizan el asunto dándole duro a la bebida o a la poesía, otros redactan la salida con sangre, como Benjamín, quien armado de cuchillo y absolutamente resignado a un destino que para él habían tejido, arremetió contra su madre rebanándole una teta.
Fue entonces cuando un equipo de cuatro sujetos irrumpió en la sala con la misión de inmovilizarlo, comandados por las traicioneras instrucciones de su padre. Su madre, que recuperaba un pezón desde el té y se esforzaba por detener la hemorragia, ya no lucía tan arrepentida.
Una vez en el centro de salud mental, Benjamín se aseguró de fingir permanentemente aquello que sus verdugos llamaban buena conducta. Ganó así algunos beneficios dentro del manicomio que, de a poco, se le revelaba como un hogar exquisito.
Cierta tarde Benjamín tuvo oportunidad de escapar, pero no lo hizo. No quiso. Los médicos no entendieron ni sospecharon el por qué. Era francamente irreal que un interno no intentara escapar a través de una ventana que parecía gritar LIBERTAD cada vez que el viento la sacudía. Aún así le dispararon una de sedante en el cuello para arrastrarlo hacia su celda.
Benjamín despertó unas horas más tarde, sonriente, y desestimando el dolor muscular, disfrutó repasando el mejor de sus secretos: tiempo atrás había ayudado a tres chicas a fugarse del hospital. Había conseguido robar las dosis de somnífero que ellas usaron luego para burlar a los enfermeros. Pero nuestro protagonista sabía muy bien el fetiche que existe allá afuera por el encierro. Sabía que las chicas regresarían allí después de alguna denuncia, una detención o sencillamente por voluntad propia, dado que (a su juicio) no existe para ellas otro lugar. Así, tarde o temprano volverían a su lado dispuestas a pagarle generosamente la ayuda entregada.
En su opinión todas esas harpías eran bellísimas. En la mía, ardientes.
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