Su primer día de trabajo, Claudio
se afeitó y lustró sus zapatos. Puso más mantequilla de lo habitual a su
tostada, y se reprochó el haber olvidado lavarse los dientes. Los primeros dos
meses se convirtió en el empleado ejemplar. Fue el primero en llegar a la
oficina. El último en irse. No apagaba su computador sino hasta que el auxiliar
encargado de cerrar el edificio se le acercaba, recordándole que había vida afuera de aquella oficina.
Entonces ordenaba parsimoniosamente sus objetos personales, echándolos dentro
de su bolso, y regresaba a casa siempre por la misma calle.
Se detenía a leer los mismos
afiches descoloridos por la acción del sol. Dentro de sí, se veía participando
de una vida social mucho más activa: conciertos, cenas románticas, sesiones de
gimnasio, fiestas en compañía de amigos, en fin, haciendo algo además de
timbrar papeles y garabatear algunas palabras en el computador. Sí, pronto
comprobó con horror que sentía un tedio enorme por estar destinando las mejores
horas de su vida a estar sentado en un escritorio con vista a la pared. Era
increíble lo que un ser humano debía hacer para poder pagar el arriendo,
echarse algo al estómago y cambiar zapatos una vez al año. Sin embargo, estas
oscuras reflexiones solo tenían lugar una vez que finalizaba su jornada
laboral. Era en la soledad de su cuarto de la Remodelación Paicaví cuando se
atormentaba. Al trabajo continuaba llegando puntual y desempeñándose con
suficiente preocupación. Su jefe -una ridícula mezcla de porfía mental,
carencias afectivas y penosa arrogancia-,
continuaba sonriéndole al encontrárselo en los pasillos. Pero Claudio ya
se había dado cuenta de que no pertenecía
a ello.
Fue una noche de viernes cuando
Claudio conoció a Antonia. También conoció sus libros. De Borges a Wilde, de
Benedetti a Alcalde, cada uno le fue abriendo un agujero por donde gustaba
dejar escapar a su mente durante su insomnio. Y a partir de entonces, cada vez
fueron más las veladas que pasó en compañía de Antonia. La mezcla era perfecta.
Con el correr de las semanas, Claudio notó que aprendía mucho cada día, incluso
a desayunar otros manjares en vez de tostadas, como el cuerpo de Antonia. El
problema fue que pronto se sintió como en las nubes y, como suele ocurrir en estos casos, el
trabajo le empezó a importar cada vez menos.
Su jefe se preocupó al notar que su
empleado estrella sonreía más de lo habitual. Aquello, se dijo, simplemente no
puede permitirse en un lugar donde tienen lugar tantas preocupaciones, donde
siempre hay algo por hacer, y donde la alegría se asocia irremediablemente al
ocio, al descuido, y a fin de cuentas, a la necedad.
Llamó a Claudio a su oficina un
par de ocasiones, en las que lo interrogó por el secreto de su insólita
felicidad. Pero el hombre no obtuvo mucha información. De hecho, fue para peor.
Claudio no supo interpretar el reproche que se escondía en cada una de estas
llamadas a la oficina, y se empeñó en
manifestar su alegría. Su escritorio se llenó de colores y mensajes perfumados
con los que acostumbraba a sorprenderlo
Antonia. Por otro lado, salía de la oficina con la excusa de respirar aire puro, y demoraba algo más de la cuenta en
el baño porque usualmente se hacía acompañar de un libro interminable del gran
Dosto. Eso sí, habría que decir en defensa de Claudio que los papeles siguieron
siendo rigurosamente timbrados, las fichas llenadas en conformidad a lo que
exigían las normas, y los pedidos despachados en el momento oportuno. Pero su
jefe cada día parecía indignarse más con la alegría que Claudio contagiaba a
los otros empleados de la oficina. Le pareció simplemente intolerable. El
trabajo debía ser algo parecido a la religión: se llevaba devotamente bajo la
piel, y el empleado nunca podía salpicar su funcionalidad de obrero con la
indiscreción de sus emociones.
Una noche el jefe creyó divisar a
Claudio abrazado a Antonia. Reían a carcajadas bajo la lluvia en mitad de la
pileta de la Rotonda de Avenida Paicaví. La escena lo impactó de tal modo que estuvo
a punto de perder el control de su vehículo y estrellarse contra un poste.
Venía algunas veladas sintiéndose un solitario, saliendo de su casa sin
despedirse de sus hijos, a dar vueltas en su auto por la ciudad.
Lo planificó todo mientras conducía
a toda carrera: a partir del día siguiente, se las arreglaría para no volver a
verlo sonreír. Usaría todo su poder: trataría de amarrarlo contractualmente a
algún proyecto, y luego duplicaría su carga laboral por el mismo salario. Le
haría sacar del escritorio esas fotos de su noviecita, esos libros, esos colores.
No permitiría que nadie cantara en la oficina. Restablecería el orden, se
impondría nuevamente la disciplina. ¡Nadie tendría derecho a una vida si él no
la tenía! La convicción de que su victoria final sería implacable, no impidió
que esbozara una última mueca de horror, cuando se desbarrancó por el Puente
Llacolén. Su auto cayó a las aguas del río Bío Bío, que supieron guardar el
secreto de su arrepentimiento.
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