Lo esperaban en un departamento ubicado frente a la Plaza
Independencia. Las elecciones serían en un par de semanas y Benito había hecho
todo lo posible por sacarle alguna ventaja a Alonso, su contendor. La campaña había
sido suficientemente álgida: declaraciones airadas, destrucción mutua de
propaganda, trapitos sucios varios. La verdad, sin embargo, era que Benito y
Alonso, al margen de su actividad política, cultivaban una gran amistad. Y como
los buenos compadres que eran, acostumbraban a llevar a cabo todo tipo de
andanzas. Eso sí, para evitar rumores, durante todo el período de campaña se
mantuvieron alejados el uno del otro, hasta esa tarde.
Alonso le abrió la puerta con una
amplia sonrisa en los labios. Mujeres en poca ropa, bebida a destajo y dudosas
sustancias sobre la mesa de centro decoraban la escena:
— ¡Al fin
llegaste, mi querido populista!
— No podía
faltar a esta cita. Más te vale que tu jefe de campaña muera pollo no más. Si
esta junta llega a oídos de la prensa, nos vamos a la mierda los dos.
— Descuida,
Benito. Te dije que te esperaría con lo mejor. Mira a esa chiquilla de al
fondo. Diecisiete compadre, ni un añito más. Toda tuya para que la inicies como
dios manda.
— Me siento
en deuda contigo. Ya, sírveme un whiscacho con harto hielo, pa’ ponerme a tono.
— ¿Viste la
última encuesta? Estamos a dos puntos de distancia. Gente de mierda, no sé como
cresta lo haces para que te compren el cuento.
— Les doy
lo que quieren, pues, Alonso. No ando ofreciendo cinco lucas por bandera, como
tú. Yo les prometo hasta el cielo, y además les meto miedo contigo.
Honestamente, mi buen amigo, no cuesta mucho atemorizarlos con lo patanes que
son tus camaradas.
Ambos se recostaron sobre
sillones de cuero. Algunas chicas se les acercaron, sentándose en sus piernas.
Entonces sonó el timbre.
—
¿Invitaste a alguien más, Alonso?
— No,
Benito. Ni idea de quién pueda ser. Alguna de ustedes que abra, pero con
precaución—le indicó Alonso a las muchachas que
permanecían de pie.
Una mujer de edad madura fue
quien se aproximó a la puerta. Dio instrucciones para que bajaran el volumen de
la música, en caso de que fuera algún vecino un tanto molesto con la fiestoca.
Grande fue su sorpresa cuando al abrir la puerta se encontró con un par de
periodistas. La visión de las cámaras fotográficas y de video fue
definitivamente lo que la hizo entrar en pánico:
— Escuche —dijo una periodista, que parecía la más joven del montón—sabemos que los dos candidatos están aquí. Podemos hacerlo de
dos maneras, salen a hablar con nosotros por las buenas, o este escándalo se
sabrá hasta en China.
— ¡Váyanse
de aquí o llamo a los carabineros! —gritó la mujer,
cerrando de un portazo.
Adentro del departamento, Alonso
y Benito se agarraron la cabeza al borde de la histeria.
— ¡Te dije
que tuvieras cuidado con la gente de tu partido, son todos unos hocicones!
¡Hocicones! —gritó Alonso, dando vueltas por las
habitaciones.
—
Seguramente fue la estúpida de tu secretaria. Capaz que sean esos chascones de
los medios ciudadanos, ¡son los peores!
— ¡Estamos
perdidos!
El timbre siguió sonando, pero
nadie pensó siquiera en abrir la puerta. En ese momento, la mujer madura se acercó
a los candidatos, y casi temblando, les dijo:
— Todavía
tienen una oportunidad de salir de aquí. Hay una escalera de emergencia a la
que pueden llegar, pero implica pasarse al balcón de al lado, y sólo puede
bajar uno a la vez, porque está que se manda abajo. El terremoto la dejó toda
destartalada.
— ¿Y qué
estás esperando? —le gritó Benito—
¡Llévanos a ella!
Ambos fueron conducidos hasta el
lugar por la mujer. Efectivamente, había una escalera, pero al menos a simple
vista, no ofrecía ninguna seguridad. Descolgarse por unas cuantas sábanas
anudadas era sin duda mucho menos arriesgado. Pero bueno, ya sabemos cómo opera
la desesperación en estos casos.
— ¡Yo
primero! —vociferó Alonso— tú me
llevas ventaja, de los dos, soy el que está más cagado. Además, que no se te
olvide que soy del Opus Dei.
— ¡De eso
ni hablar! Yo bajo primero porque soy más liviano, tú vas a mandar abajo esta
mugre de escalera.
— ¡Ándate
la mierda! —dijo finalmente Alonso, comenzando a
descolgarse.
—
¡Miserable! —Benito lo siguió, en un acto verdaderamente
suicida.
La escalera crujía cada vez más
fuerte, a medida que descendían. Incluso, un cartonero que acostumbraba a
dormir en uno de los intersticios del estacionamiento del edificio, llegó
a despertarse con el ruido y los
improperios que se lanzaban ambos candidatos. Cuando faltaban algo más de
cuatro pisos por bajar, Alonso y Benito se encontraron pisando el mismo
escalón. Al escuchar un grave crujido supieron enseguida que la escalera estaba
cediendo. Se miraron a los ojos una última vez:
— Cagamos.
El descenso fue rápido. Ambos
cuerpos cayeron más o menos en el mismo lugar: el depósito de cartones del hombre
que vivía en el estacionamiento. Por esos entonces, estaba repleto de
propaganda electoral que había quitado con sus propias manos de postes y
veredas. Gracias a su venta, aquellas últimas semanas había vivido como un rey, según le confesó a un
amigo, en una cantina suficientemente alejada de ese lugar.
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