viernes, 19 de octubre de 2012

La caída




Lo esperaban  en un departamento ubicado frente a la Plaza Independencia. Las elecciones serían en un par de semanas y Benito había hecho todo lo posible por sacarle alguna ventaja a Alonso, su contendor. La campaña había sido suficientemente álgida: declaraciones airadas, destrucción mutua de propaganda, trapitos sucios varios. La verdad, sin embargo, era que Benito y Alonso, al margen de su actividad política, cultivaban una gran amistad. Y como los buenos compadres que eran, acostumbraban a llevar a cabo todo tipo de andanzas. Eso sí, para evitar rumores, durante todo el período de campaña se mantuvieron alejados el uno del otro, hasta esa tarde. 

Alonso le abrió la puerta con una amplia sonrisa en los labios. Mujeres en poca ropa, bebida a destajo y dudosas sustancias sobre la mesa de centro decoraban la escena: 

¡Al fin llegaste, mi querido populista!

No podía faltar a esta cita. Más te vale que tu jefe de campaña muera pollo no más. Si esta junta llega a oídos de la prensa, nos vamos a la mierda los dos. 

Descuida, Benito. Te dije que te esperaría con lo mejor. Mira a esa chiquilla de al fondo. Diecisiete compadre, ni un añito más. Toda tuya para que la inicies como dios manda.

Me siento en deuda contigo. Ya, sírveme un whiscacho con harto hielo, pa’ ponerme a tono.

¿Viste la última encuesta? Estamos a dos puntos de distancia. Gente de mierda, no sé como cresta lo haces para que te compren el cuento.

Les doy lo que quieren, pues, Alonso. No ando ofreciendo cinco lucas por bandera, como tú. Yo les prometo hasta el cielo, y además les meto miedo contigo. Honestamente, mi buen amigo, no cuesta mucho atemorizarlos con lo patanes que son tus camaradas.


Ambos se recostaron sobre sillones de cuero. Algunas chicas se les acercaron, sentándose en sus piernas. Entonces sonó el timbre. 

¿Invitaste a alguien más, Alonso?

No, Benito. Ni idea de quién pueda ser. Alguna de ustedes que abra, pero con precauciónle indicó Alonso a las muchachas que permanecían de pie.


Una mujer de edad madura fue quien se aproximó a la puerta. Dio instrucciones para que bajaran el volumen de la música, en caso de que fuera algún vecino un tanto molesto con la fiestoca. Grande fue su sorpresa cuando al abrir la puerta se encontró con un par de periodistas. La visión de las cámaras fotográficas y de video fue definitivamente lo que la hizo entrar en pánico:

Escuche dijo una periodista, que parecía la más joven del montónsabemos que los dos candidatos están aquí. Podemos hacerlo de dos maneras, salen a hablar con nosotros por las buenas, o este escándalo se sabrá hasta en China.

¡Váyanse de aquí o llamo a los carabineros! gritó la mujer, cerrando de un portazo.


Adentro del departamento, Alonso y Benito se agarraron la cabeza al borde de la histeria. 

¡Te dije que tuvieras cuidado con la gente de tu partido, son todos unos hocicones! ¡Hocicones! gritó Alonso, dando vueltas por las habitaciones.

Seguramente fue la estúpida de tu secretaria. Capaz que sean esos chascones de los medios ciudadanos, ¡son los peores!

¡Estamos perdidos!


El timbre siguió sonando, pero nadie pensó siquiera en abrir la puerta. En ese momento, la mujer madura se acercó a los candidatos, y casi temblando, les dijo:

Todavía tienen una oportunidad de salir de aquí. Hay una escalera de emergencia a la que pueden llegar, pero implica pasarse al balcón de al lado, y sólo puede bajar uno a la vez, porque está que se manda abajo. El terremoto la dejó toda destartalada.

¿Y qué estás esperando? le gritó Benito ¡Llévanos a ella!


Ambos fueron conducidos hasta el lugar por la mujer. Efectivamente, había una escalera, pero al menos a simple vista, no ofrecía ninguna seguridad. Descolgarse por unas cuantas sábanas anudadas era sin duda mucho menos arriesgado. Pero bueno, ya sabemos cómo opera la desesperación en estos casos. 

¡Yo primero! vociferó Alonso tú me llevas ventaja, de los dos, soy el que está más cagado. Además, que no se te olvide que soy del Opus Dei.

¡De eso ni hablar! Yo bajo primero porque soy más liviano, tú vas a mandar abajo esta mugre de escalera.

¡Ándate la mierda! dijo finalmente Alonso, comenzando a descolgarse.

¡Miserable! Benito lo siguió, en un acto verdaderamente suicida.


La escalera crujía cada vez más fuerte, a medida que descendían. Incluso, un cartonero que acostumbraba a dormir en uno de los intersticios del estacionamiento del edificio, llegó a  despertarse con el ruido y los improperios que se lanzaban ambos candidatos. Cuando faltaban algo más de cuatro pisos por bajar, Alonso y Benito se encontraron pisando el mismo escalón. Al escuchar un grave crujido supieron enseguida que la escalera estaba cediendo. Se miraron a los ojos una última vez:

Cagamos.


El descenso fue rápido. Ambos cuerpos cayeron más o menos en el mismo lugar: el depósito de cartones del hombre que vivía en el estacionamiento. Por esos entonces, estaba repleto de propaganda electoral que había quitado con sus propias manos de postes y veredas. Gracias a su venta, aquellas últimas semanas había vivido como un rey, según le confesó a un amigo, en una cantina suficientemente alejada de ese lugar. 



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