viernes, 19 de octubre de 2012

El clandestino




Doña Elena manejaba el clandesta desde los dieciocho años. Mantuvo el negocio cuando se casó, y aquello le permitió mandar al diablo al tipejo, una vez que se acostumbró a golpearla cada vez que la creía infiel con algún cliente. Una vez recuperada su soltería, se dedicó a hacer crecer la empresa, y así pasaron los años. Sus vecinos de calle Finlandia guardaron celosamente el secreto y el clandestino prosperó. Sin embargo, la llegada al poder de una nueva autoridad –dueña de otros tres boliches similares- puso en serio riesgo la continuidad de su fuente de ingresos. 

Los allanamientos no se hicieron esperar, y como era de suponer, afectaron sólo a los locales de la competencia de la autoridad. A doña Elena le tocó recibir a los verdes dos veces en una misma semana. Se llenó de citaciones judiciales y perdió miles de pesos en todo el licor que le requisaron. 

- Si me la hacen una vez más estos infelices, me liquidan – le comentó a su vecina.

- Pero comadre, ¿y por qué no esconde la merca entre sus cosas? Yo, por ejemplo, tengo un sofá ahuecado en desuso que le vendría como anillo al dedo…


En un par de días, la casa de doña Elena había sido completamente remodelada. Los viejos muebles fueron reemplazados por otros nuevos, especialmente acondicionados para hacer frente a los allanamientos. Los efectivos que participaron de las operaciones no encontraron evidencia alguna, pronto se dieron por vencidos, y el negocio retomó su flujo habitual. Entonces, una noche, mientras Elena se fumaba un pucho a la luz de la luna, apareció Rigoberto. 

- Elena, dichosos los ojos que la ven, ¿se puede saber que está haciendo tan solita a estas horas?


Antiguo amor de adolescencia, Rigoberto había retornado hacía muy pocas semanas a Concepción. Esa noche se fumaron la cajetilla entera contándose sus triunfos y penurias. Pasaron algunos días, hasta que volvieron a verse. Esa vez, él la invitó a cenar donde Don Hugo. Pese a su experiencia vendiendo promos, chelas y petacas salvadoras, Elena sabía muy poco de trago. De allí que después de algunas cervezas y un par de piscos sours, se sintiera bastante mareada. Por supuesto, aquello no le impidió besarse largamente con Rigoberto, mientras esperaban una de las últimas micros hacia Hualpén en un paradero de calle Freire.   

Al bajarse de la micro, se dejó acompañar hasta su casa por Rigoberto, ofreciéndole pasar. Fue en ese momento cuando comenzó el desastre, si acaso pudiese ser llamado así. Elena no tuvo la precaución de advertir a Rigoberto acerca del doble fondo de los muebles, que fueron cediendo poco a poco ante la arrebatadora pasión de los amantes. El primero en caer fue el sofá, provocando una trizadura de garrafas de lo más significativa. Como bien se dice, el amor enceguece, y el parcito permaneció de lo más indiferente frente al verdadero río de vino que comenzó a brotar desde debajo del destartalado sofá mientras hacían el amor. 

Algo parecido ocurrió con los demás sillones y con el clóset, que fue derribado por los amantes en uno de sus tantos embates de éxtasis. Al menos ocho litros de cerveza empaparon vestimentas, zapatos y documentos. Ni hablar de la cama, donde las botellas de fuerte fueron despegándose y cayendo, una a una, de las tablas que afirmaban el catre, a medida que el asunto cobraba mayor intensidad. Ni siquiera el velador de doble fondo se salvó del frenesí amatorio de doña Elena y Rigoberto, partiéndose en dos y derramando el contenido de al menos diez petacas de ron. 

Por la mañana, Elena no podía dar crédito a lo que veían sus ojos: un gran charco de licor cubría la alfombra, y otros cauces del mismo habían desembocado en la puerta de entrada. Se sentó cuidadosamente sobre el sofá, y cuando estaba a punto de echarse a llorar, sintió en su espalda el abrazo de Rigoberto. Con la mayor de las sonrisas, se había tomado la confianza de preparar el desayuno. Elena se dejó conducir hasta la cocina, pensando únicamente en la cantidad de esponjas que necesitaría para absorber todo ese trago.



No hay comentarios:

Publicar un comentario