Doña Elena manejaba el clandesta
desde los dieciocho años. Mantuvo el negocio cuando se casó, y aquello le
permitió mandar al diablo al tipejo, una vez que se acostumbró a golpearla cada
vez que la creía infiel con algún cliente. Una vez recuperada su soltería, se
dedicó a hacer crecer la empresa, y así pasaron los años. Sus vecinos de calle
Finlandia guardaron celosamente el secreto y el clandestino prosperó. Sin
embargo, la llegada al poder de una nueva autoridad –dueña de otros tres boliches
similares- puso en serio riesgo la continuidad de su fuente de ingresos.
Los allanamientos no se hicieron
esperar, y como era de suponer, afectaron sólo a los locales de la competencia
de la autoridad. A doña Elena le tocó recibir a los verdes dos veces en una
misma semana. Se llenó de citaciones judiciales y perdió miles de pesos en todo
el licor que le requisaron.
- Si me la hacen una vez más
estos infelices, me liquidan – le comentó a su vecina.
- Pero comadre, ¿y por qué no
esconde la merca entre sus cosas? Yo, por ejemplo, tengo un sofá ahuecado en
desuso que le vendría como anillo al dedo…
En un par de días, la casa de
doña Elena había sido completamente remodelada. Los viejos muebles fueron
reemplazados por otros nuevos, especialmente acondicionados para hacer frente a
los allanamientos. Los efectivos que participaron de las operaciones no
encontraron evidencia alguna, pronto se dieron por vencidos, y el negocio
retomó su flujo habitual. Entonces, una noche, mientras Elena se fumaba un
pucho a la luz de la luna, apareció Rigoberto.
- Elena, dichosos los ojos que la
ven, ¿se puede saber que está haciendo tan solita a estas horas?
Antiguo amor de adolescencia,
Rigoberto había retornado hacía muy pocas semanas a Concepción. Esa noche se
fumaron la cajetilla entera contándose sus triunfos y penurias. Pasaron algunos
días, hasta que volvieron a verse. Esa vez, él la invitó a cenar donde Don Hugo. Pese a su experiencia
vendiendo promos, chelas y petacas
salvadoras, Elena sabía muy poco de trago. De allí que después de algunas
cervezas y un par de piscos sours, se sintiera bastante mareada. Por supuesto,
aquello no le impidió besarse largamente con Rigoberto, mientras esperaban una
de las últimas micros hacia Hualpén en un paradero de calle Freire.
Al bajarse de la micro, se dejó
acompañar hasta su casa por Rigoberto, ofreciéndole pasar. Fue en ese momento
cuando comenzó el desastre, si acaso pudiese ser llamado así. Elena no tuvo la
precaución de advertir a Rigoberto acerca del doble fondo de los muebles, que
fueron cediendo poco a poco ante la arrebatadora pasión de los amantes. El primero
en caer fue el sofá, provocando una trizadura de garrafas de lo más
significativa. Como bien se dice, el amor enceguece, y el parcito permaneció de
lo más indiferente frente al verdadero río de vino que comenzó a brotar desde
debajo del destartalado sofá mientras hacían el amor.
Algo parecido ocurrió con los
demás sillones y con el clóset, que fue derribado por los amantes en uno de sus
tantos embates de éxtasis. Al menos ocho litros de cerveza empaparon
vestimentas, zapatos y documentos. Ni hablar de la cama, donde las botellas de
fuerte fueron despegándose y cayendo, una a una, de las tablas que afirmaban el
catre, a medida que el asunto cobraba mayor intensidad. Ni siquiera el velador
de doble fondo se salvó del frenesí amatorio de doña Elena y Rigoberto,
partiéndose en dos y derramando el contenido de al menos diez petacas de ron.
Por la mañana, Elena no podía dar
crédito a lo que veían sus ojos: un gran charco de licor cubría la alfombra, y
otros cauces del mismo habían desembocado en la puerta de entrada. Se sentó
cuidadosamente sobre el sofá, y cuando estaba a punto de echarse a llorar,
sintió en su espalda el abrazo de Rigoberto. Con la mayor de las sonrisas, se
había tomado la confianza de preparar el desayuno. Elena se dejó conducir hasta
la cocina, pensando únicamente en la cantidad de esponjas que necesitaría para absorber
todo ese trago.
No hay comentarios:
Publicar un comentario