No recuerdo cuándo
comenzó. Unos seis meses, quizás más. Iba caminando por el Parque Ecuador.
Había fumado algo de yerba, pero no creo que eso sea importante. Primero fueron
las copas de los árboles, parecían danzar y lucían demasiado verdes para mi
gusto, pero en fin, la naturaleza es sabia después de todo. Ha conseguido
sobrevivir a pesar de nosotros. A esto
lo siguió una extraña camioneta negra que se desplazaba lentamente por Víctor
Lamas, y aunque sus vidrios estaban polarizados, me pareció ver detrás a un
sujeto de gafas y grandes bigotes y, permíteme decírtelo, a mí me pareció que
sonrió cuando la camioneta pasó por mi lado.
Sé perfectamente
que todo esto te puede sonar como un delirio paranoide y acaso lo sea. Pero
déjame decirte también que las cosas no han marchado bien desde que mi última
novia me abandonó semidesnudo en plena Plaza Perú un viernes por la tarde. A
todo el mundo menos a mí le pareció gracioso ¡Cómo reía la gente! Fui el pobre
diablo al que arrojaron desde un vehículo en movimiento en ropa interior
femenina. Otro día te daré los detalles. Encontré, eso sí, buen consuelo tanto
en la bebida como en la pornografía y aquello me sanó, a fin de cuentas.
Ya no pienso en
ella. Pero claro, perdí mi trabajo y tengo que luchar por conseguir algo de
dinero día a día. Una tarde invertí mis últimos pesos en una soga y un par de
botellas de fuerte. Sería mi última mala noche. No sé qué tan rápido me las
bebí. El asunto es que desperté a la mañana siguiente con una resaca
intolerable. Si mi cuerpo hacía el menor movimiento, sentía que mi cabeza iba a
estallar. Estaba imposibilitado incluso para acabar con mi vida. Guardé la soga
para un momento en que me sintiera mejor…
Pero bueno, estábamos
en el árbol y la camioneta. A eso le siguió mi vuelta a casa y entonces sucedió
por primera vez. Pasos. Alguien me sigue y estoy en condiciones de afirmar que
no se trata de ninguna invención. Mi problema es detectar a quien lo hace. Lo
he intentado todo. Espejos pequeños que he escondido en mis manos, detenerme de
pronto a amarrarme los cordones de los zapatos, e incluso he aplicado la
técnica de los patrones de colores, como me enseñaron en mis andanzas
subversivas. Pero nada de eso ha dado resultado. Tal vez se trate de gente
entrenada por el Gobierno.
Aunque, ¿qué
querrían de alguien como yo? A mí me parece que todo va bien mientras pueda
echar un trago en el Bogarín. La
dueña me conoce y no me pone reparos por mear fuera de la taza inmunda y
trizada. Tampoco al tardar un poco más de la cuenta en el baño, cuando me
masturbo imaginando que le hago el amor a la chica del anuncio de cerveza.
Te diré, eso sí,
que estas dos últimas semanas ha frecuentado el bar un payaso callejero que se
hace llamar El Chaucha, y me ha
metido unas ideas raras en la cabeza. Me contó que antes de dedicarse al humor,
lo suyo era el matonaje. Trabajó en un bar llamado Fusión, del que nunca escuché hablar. El asunto fue que una noche
llegó con una pequeña caja y me ofreció diez mil pesos por dejarla afuera del
Banco E. Yo necesitaba olvidar, y acepté el trabajo con tal de continuar
bebiendo. Deposité la caja allí afuera y me largué, sin pensar demasiado en lo
que acababa de hacer. Alcancé a avanzar tres cuadras y escuché la explosión. Al
principio no relacioné las cosas, pero al día siguiente, estaba en todos los
diarios. Me había hecho famoso, la policía me buscaba y todo por echar un
último trago: el Banco E. había volado en pedazos, y yo tenía una resaca de
puta madre.
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