Fue como a la tercera vez que
almorzó en el café Moreau cuando la
cocinera le hizo un gesto para que la acompañara al patio trasero del local.
Intuyendo lo que se vendría, Ramiro apuró su crema de espárragos. La energía no
podría faltarle en un momento tan decisivo. El ritual se completó con algunas
tazas de café que se sirvió lentamente, con tal de seguir guiñándole el ojo a
la mesera. Cuentan que fueron varias las chicas con las que intimó en el baño,
sin contar sus constantes recaídas con la cocinera.
El problema se produjo la noche
en la que la mesera sucumbió a sus galanteos. En esa ocasión, él se hizo acompañar de algunos compañeros de trabajo
para sentirse un poco más seguro. La abordó en la barra y no se detuvo hasta
hacerla suya, en el mismo e improvisado lecho del patio trasero. Al contrario
de lo que él pensó, Marta -la cocinera- no tardó demasiado en enterarse del
asunto. Siempre estuvo dispuesta a aceptar que flirteara con desconocidas, pero
a su hija Emilia la creyó demasiado inocente como para permitir que cayera en
sus garras, aunque fuera uno de los mejores clientes del café.
Decir que Marta no disfrutó
planificando su venganza sería faltarle a la verdad. Lo dispuso todo con
parsimoniosa frialdad, e incluso decidió utilizar a Emilia para llevarla a cabo.
La tarde de ese lunes se lo llevó al patio trasero únicamente para enterarse de
cuál era el día en que debía rendirle cuentas a sus superiores. Sabía que al
hombre las cosas no le marchaban del todo bien en el trabajo, por lo que dicha
reunión determinaría su futuro en la empresa.
Ese jueves a la hora de colación,
él le sugirió una visita al patio trasero a modo de cábala, al cual Marta se
rehusó. En cambio, le propuso degustar un postre especialmente preparado para darle
buenas vibras, a base de poderosos
laxantes. Emilia se lo sirvió con su coquetería habitual, y luego no tuvo la
menor idea de por qué el pobre tipo salió disparado al baño en cuanto le dio un
par de mordiscos. Por supuesto, Marta se aseguró de echarle llave a ambos baños,
para no dejarle otra opción que la de cagarse en los pantalones. La última
postal de aquel sujeto corresponde a su frenética carrera por el Paseo Barros
Arana, intentando inútilmente contener la furia de sus intestinos.
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