lunes, 13 de agosto de 2012

La venganza de Marta


Fue como a la tercera vez que almorzó en el café Moreau cuando la cocinera le hizo un gesto para que la acompañara al patio trasero del local. Intuyendo lo que se vendría, Ramiro apuró su crema de espárragos. La energía no podría faltarle en un momento tan decisivo. El ritual se completó con algunas tazas de café que se sirvió lentamente, con tal de seguir guiñándole el ojo a la mesera. Cuentan que fueron varias las chicas con las que intimó en el baño, sin contar sus constantes recaídas con la cocinera.  

El problema se produjo la noche en la que la mesera sucumbió a sus galanteos. En esa ocasión, él se hizo acompañar de algunos compañeros de trabajo para sentirse un poco más seguro. La abordó en la barra y no se detuvo hasta hacerla suya, en el mismo e improvisado lecho del patio trasero. Al contrario de lo que él pensó, Marta -la cocinera- no tardó demasiado en enterarse del asunto. Siempre estuvo dispuesta a aceptar que flirteara con desconocidas, pero a su hija Emilia la creyó demasiado inocente como para permitir que cayera en sus garras, aunque fuera uno de los mejores clientes del café. 

Decir que Marta no disfrutó planificando su venganza sería faltarle a la verdad. Lo dispuso todo con parsimoniosa frialdad, e incluso decidió utilizar a Emilia para llevarla a cabo. La tarde de ese lunes se lo llevó al patio trasero únicamente para enterarse de cuál era el día en que debía rendirle cuentas a sus superiores. Sabía que al hombre las cosas no le marchaban del todo bien en el trabajo, por lo que dicha reunión determinaría su futuro en la empresa. 

Ese jueves a la hora de colación, él le sugirió una visita al patio trasero a modo de cábala, al cual Marta se rehusó. En cambio, le propuso degustar un postre especialmente preparado para darle buenas vibras, a base de poderosos laxantes. Emilia se lo sirvió con su coquetería habitual, y luego no tuvo la menor idea de por qué el pobre tipo salió disparado al baño en cuanto le dio un par de mordiscos. Por supuesto, Marta se aseguró de echarle llave a ambos baños, para no dejarle otra opción que la de cagarse en los pantalones. La última postal de aquel sujeto corresponde a su frenética carrera por el Paseo Barros Arana, intentando inútilmente contener la furia de sus intestinos.

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