lunes, 13 de agosto de 2012

Desde el patíbulo # 2





Ocurrió hace algún tiempo. Fueron tres las muchachas que escaparon del psiquiátrico. Burlaron a los enfermeros suministrándoles algunos somníferos, mientras se los follaban. No fue fácil. El punto es lo que sucedió después con estas niñas. Es decir, lo que ocurrió antes de que volvieran a parar al manicomio, luego de que una misma jueza las considerara un peligro público.

Claro, alguien podría preguntarse si los locos son realmente un peligro, o si por lo menos lo son más que nuestros pretenciosos cuerdos. Seguramente sí, lo somos. Y por eso necesitamos que se nos confine desde pequeños: escuelas, cárceles, hospitales, cementerios, costosas academias de diplomacia, manicomios, cuarteles de policía, universidades, etc., la lista es larga. Se nos educa para competir, para diferenciarnos de los demás, para ser más que los demás. Cada uno en lo suyo, tal vez por eso nunca nos damos cuenta de lo que somos, y caminamos por la calle con una misma alma partida en mil pedazos, buscándonos unos a otros pero sin encontrarnos. Y quienes se sienten mayormente seguros con nuestra separación, felices y entusiasmados, constituyen algo así como la mierda más selecta de toda: políticos, empresarios, soldados, aristócratas, y muchos más.

Pero volvamos a nuestras tres esquizos. Tras escapar, la primera de ellas volvió a casa, abrazó a su padre y le prometió que no volvería a meterse en problemas. El viejo no le creyó, y tuvo que ganarse la vida en un cabaret de calle Ejército. Una noche de sábado, ella se quedó con los ojos fijos mirando una mancha en el techo. Según decía, la mancha le recordaba a su madre. El cliente que estaba a su lado desde luego no lo comprendió, y al dar por perdido su dinero, le prendió fuego al local. La policía se hizo cargo de la chica, y después de pasar un par de noches en prisión, la devolvieron al psiquiátrico. No hubo fiesta de recibimiento.

La segunda loca encontró empleo en un almacén. Las voces la visitaban sólo por las noches. Así que no tuvo problemas para camuflarse en el letargo de la normalidad. Las señoras del barrio, esclavas casi todas de los ansiolíticos, no detectaban su demencia mientras ella les pesaba el pan o rebanaba el queso. Pero ella tenía un pequeño secreto de siete años, y los loqueros la agarraron cuando quiso invitarlo a tomar un helado, a la salida de su escuela. Al padre no le importó que ella luciera radiante por la posibilidad del reencuentro, y no dudó en llamar a la policía. 

Por último, la tercera esquizo pasó por un par de trabajos de mierda antes de entregarse a la bebida. ¿Cómo la conseguía? Trabajando en un bar clandestino, haciendo de carnada para ingenuos beodos, cuyos cuerpos eran vendidos por el dueño del bar a un grupo de oscuros científicos. Pero una noche, vaya uno a saber si fue por las copas de más o por un súbito ataque de bondad, eligió al borracho equivocado y le salvó la vida. Para ello fue necesario volarle la cabeza al dueño del bar y ajusticiar a un par de sus matones. Cuando llegó la policía, ella estaba sentada en la barra, esperando. Aquel sería su último vodka tónico en un largo tiempo. Su borracho, por cierto, despertó varias horas después, sin poder recordar el heroico acto de la chica.   

Y bien, vamos viendo, la pregunta sería entonces más o menos así: ¿qué sería de nosotros si consiguiéramos escapar del manicomio, aunque sólo fuera por un día? Nos permitiremos dejar el asunto hasta aquí. Punto final.

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