lunes, 13 de agosto de 2012

Remordimiento


Todavía puedo vernos bailar sobre la azotea del que fuera nuestro edificio. Pareciera que en cualquier momento golpeará mi puerta con un ramo de flores, o tarareando su último descubrimiento musical; mientras más raro, mejor. Carlos no podía ser más hipster, y sin embargo, yo lo quería. Supongo que él también me amaba, pero cuando una misma es quien descubre la traición in fraganti, la imagen se hace indeleble, y entonces es imposible perdonar. El recuerdo pasa a ser como una dolorosa fotografía con la que se convive día a día. Y pesa. Y ni cuenta te das de cuando se transforma en remordimiento.

A mi madre no la veo hace seis meses. Mi única familia en esta ciudad, y por mí puede quedarse donde está, por mí que no me busque, porque no me encontrará. Ya no necesito del té de su sobremesa, ni de sus visitas dominicales, ni de sus invitaciones a la peluquería. Tampoco necesito que me suba el ánimo después de cada discusión con Carlos, porque él ya no existe para mí, ni volverá a existir. Me quedo, eso sí, con la triste y glacial sonrisa que esbozó aquella tarde frente al mar, afuera del Gimnasio La Tortuga, cuando le dije que pensaba pedirle matrimonio a Carlos esa misma noche. Me quedo con los consejos que torpemente se apuró en ofrecerme, sabiéndome perdida. 

La imagen de Carlos es tan real que ahora mismo podría sentarme a esperarlo con una botella de cabernet y una tabla de quesos. Pero sé que no regresará. “Tu problema es ser hija única. Estás acostumbrada a que te consientan en todo”, me decía. Quizás, ahora que lo pienso, haya tenido algo de razón. No tengo a quien esconderle los zapatos, a quien reprocharle lo rebuscado de sus gustos, ni a quien hacerle el amor. Cada vez que lo recuerdo echado sobre mí me parece escuchar la canción de Led Zeppelin que nos volvía locos… Tuvimos nuestros días felices, nos devoramos el uno al otro con tanto apetito que ni tiempo tuvimos para pensar en la pesadilla que nos esperaba de postre. 

La noche que sorprendí a Carlos montando a mi madre, sobre el que era nuestro lecho, sentí que algo se quebró dentro de mí. ¡Cuán grande sería el arrebato de ambos que ni siquiera oyeron mis pasos! No tuve tiempo para sentir odio, acaso eso explique el remordimiento que hoy siento. Tomé lo primero que encontré –un candelabro de puntas mohosas- y lo tumbé primero a él. Con Carlos retorciéndose de dolor en el piso, ajusticiar a mi madre resultaría cosa sencilla. Quiero pensar que murió ahogada en su propia sangre mientras me imploraba perdón. Me niego a aceptar la burla de su silencio. Y ni hablar de la policía, los jueces, esta celda. Mejor no hablar del hecho de que finalmente hayan sobrevivido, y que continúen amándose a mis espaldas. Él clavándola todas las noches con una botella de vino encima, y ella tragándose toda esa basura hipster solo para tenerlo entre sus brazos.

La venganza de Marta


Fue como a la tercera vez que almorzó en el café Moreau cuando la cocinera le hizo un gesto para que la acompañara al patio trasero del local. Intuyendo lo que se vendría, Ramiro apuró su crema de espárragos. La energía no podría faltarle en un momento tan decisivo. El ritual se completó con algunas tazas de café que se sirvió lentamente, con tal de seguir guiñándole el ojo a la mesera. Cuentan que fueron varias las chicas con las que intimó en el baño, sin contar sus constantes recaídas con la cocinera.  

El problema se produjo la noche en la que la mesera sucumbió a sus galanteos. En esa ocasión, él se hizo acompañar de algunos compañeros de trabajo para sentirse un poco más seguro. La abordó en la barra y no se detuvo hasta hacerla suya, en el mismo e improvisado lecho del patio trasero. Al contrario de lo que él pensó, Marta -la cocinera- no tardó demasiado en enterarse del asunto. Siempre estuvo dispuesta a aceptar que flirteara con desconocidas, pero a su hija Emilia la creyó demasiado inocente como para permitir que cayera en sus garras, aunque fuera uno de los mejores clientes del café. 

Decir que Marta no disfrutó planificando su venganza sería faltarle a la verdad. Lo dispuso todo con parsimoniosa frialdad, e incluso decidió utilizar a Emilia para llevarla a cabo. La tarde de ese lunes se lo llevó al patio trasero únicamente para enterarse de cuál era el día en que debía rendirle cuentas a sus superiores. Sabía que al hombre las cosas no le marchaban del todo bien en el trabajo, por lo que dicha reunión determinaría su futuro en la empresa. 

Ese jueves a la hora de colación, él le sugirió una visita al patio trasero a modo de cábala, al cual Marta se rehusó. En cambio, le propuso degustar un postre especialmente preparado para darle buenas vibras, a base de poderosos laxantes. Emilia se lo sirvió con su coquetería habitual, y luego no tuvo la menor idea de por qué el pobre tipo salió disparado al baño en cuanto le dio un par de mordiscos. Por supuesto, Marta se aseguró de echarle llave a ambos baños, para no dejarle otra opción que la de cagarse en los pantalones. La última postal de aquel sujeto corresponde a su frenética carrera por el Paseo Barros Arana, intentando inútilmente contener la furia de sus intestinos.

Desde el patíbulo # 2





Ocurrió hace algún tiempo. Fueron tres las muchachas que escaparon del psiquiátrico. Burlaron a los enfermeros suministrándoles algunos somníferos, mientras se los follaban. No fue fácil. El punto es lo que sucedió después con estas niñas. Es decir, lo que ocurrió antes de que volvieran a parar al manicomio, luego de que una misma jueza las considerara un peligro público.

Claro, alguien podría preguntarse si los locos son realmente un peligro, o si por lo menos lo son más que nuestros pretenciosos cuerdos. Seguramente sí, lo somos. Y por eso necesitamos que se nos confine desde pequeños: escuelas, cárceles, hospitales, cementerios, costosas academias de diplomacia, manicomios, cuarteles de policía, universidades, etc., la lista es larga. Se nos educa para competir, para diferenciarnos de los demás, para ser más que los demás. Cada uno en lo suyo, tal vez por eso nunca nos damos cuenta de lo que somos, y caminamos por la calle con una misma alma partida en mil pedazos, buscándonos unos a otros pero sin encontrarnos. Y quienes se sienten mayormente seguros con nuestra separación, felices y entusiasmados, constituyen algo así como la mierda más selecta de toda: políticos, empresarios, soldados, aristócratas, y muchos más.

Pero volvamos a nuestras tres esquizos. Tras escapar, la primera de ellas volvió a casa, abrazó a su padre y le prometió que no volvería a meterse en problemas. El viejo no le creyó, y tuvo que ganarse la vida en un cabaret de calle Ejército. Una noche de sábado, ella se quedó con los ojos fijos mirando una mancha en el techo. Según decía, la mancha le recordaba a su madre. El cliente que estaba a su lado desde luego no lo comprendió, y al dar por perdido su dinero, le prendió fuego al local. La policía se hizo cargo de la chica, y después de pasar un par de noches en prisión, la devolvieron al psiquiátrico. No hubo fiesta de recibimiento.

La segunda loca encontró empleo en un almacén. Las voces la visitaban sólo por las noches. Así que no tuvo problemas para camuflarse en el letargo de la normalidad. Las señoras del barrio, esclavas casi todas de los ansiolíticos, no detectaban su demencia mientras ella les pesaba el pan o rebanaba el queso. Pero ella tenía un pequeño secreto de siete años, y los loqueros la agarraron cuando quiso invitarlo a tomar un helado, a la salida de su escuela. Al padre no le importó que ella luciera radiante por la posibilidad del reencuentro, y no dudó en llamar a la policía. 

Por último, la tercera esquizo pasó por un par de trabajos de mierda antes de entregarse a la bebida. ¿Cómo la conseguía? Trabajando en un bar clandestino, haciendo de carnada para ingenuos beodos, cuyos cuerpos eran vendidos por el dueño del bar a un grupo de oscuros científicos. Pero una noche, vaya uno a saber si fue por las copas de más o por un súbito ataque de bondad, eligió al borracho equivocado y le salvó la vida. Para ello fue necesario volarle la cabeza al dueño del bar y ajusticiar a un par de sus matones. Cuando llegó la policía, ella estaba sentada en la barra, esperando. Aquel sería su último vodka tónico en un largo tiempo. Su borracho, por cierto, despertó varias horas después, sin poder recordar el heroico acto de la chica.   

Y bien, vamos viendo, la pregunta sería entonces más o menos así: ¿qué sería de nosotros si consiguiéramos escapar del manicomio, aunque sólo fuera por un día? Nos permitiremos dejar el asunto hasta aquí. Punto final.