martes, 10 de julio de 2012

Karaoke

Nunca podremos sentirnos suficientemente seguros caminando de madrugada por el centro de Concepción. Sin embargo, lo que le sucedió a ese pobre borracho no se puede atribuir a otra cosa que no sea una maldición, un castigo de los dioses, el karma o la simple mala cuea de estar en el lugar equivocado a la hora incorrecta.

Dejó la mitad de su sueldo en un local de karaoke. El asunto fue motivado por una tragedia amorosa, aunque la música allí dentro bien hubiese podido alimentar fantasías suicidas hasta en el espíritu más limpio. Por eso, mientras los demás cantaban tales abominaciones, él se dedicó a beber un trago tras otro, hasta perder la cuenta y la conciencia. Fue arrojado a la calle por un par de gorilas, y caminó dando tumbos por Barros Arana. Se decidió por fin a cantar a todo pulmón un tema de Favio, y entonces comenzó su vía crucis. Alguna gente despertó sobresaltada de sus pesadillas, y corrió al balcón para gritarle groserías o arrojarle algún objeto. Pronto comenzaron a lloverle escupitajos, baldes de agua fría, maceteros, relojes, galardones de concursos literarios, zapatos, etc. Nada lo detuvo, y siguió interpretando a Favio hasta que en un arranque de locura, y sin dejar de cantar, se desnudó.

Justo en ese instante comenzó a llover muy fuerte, lo que tampoco le importó gran cosa, sabiendo que sería imposible regresar así a casa y darle una explicación coherente a su mujer. Al final, una horrorosa tulipa que observaba la escena con alguna compasión, se ofreció generosa a dar buen término al calvario de aquel beodo. Lo tomó con sus tentáculos, lo condujo en el aire hacia su pistilo y se lo bebió como a un batido rancio de cualquier Servicentro de Avenida Los Carrera. Del hombre nunca más se supo, aunque hay quienes aseguran escucharle cantar a Favio en las noches más desordenadas del paseo Barros.



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