Nunca
podremos sentirnos suficientemente seguros caminando de madrugada por el centro
de Concepción. Sin embargo, lo que le sucedió a ese pobre borracho no se puede
atribuir a otra cosa que no sea una maldición, un castigo de los dioses, el
karma o la simple mala cuea de estar en el lugar equivocado a la hora
incorrecta.
Dejó
la mitad de su sueldo en un local de karaoke. El asunto fue motivado por una
tragedia amorosa, aunque la música allí dentro bien hubiese podido alimentar fantasías
suicidas hasta en el espíritu más limpio. Por eso, mientras los demás cantaban
tales abominaciones, él se dedicó a beber un trago tras otro, hasta perder la
cuenta y la conciencia. Fue arrojado a la calle por un par de gorilas, y caminó
dando tumbos por Barros Arana. Se decidió por fin a cantar a todo pulmón un
tema de Favio, y entonces comenzó su vía crucis. Alguna gente despertó
sobresaltada de sus pesadillas, y corrió al balcón para gritarle groserías o
arrojarle algún objeto. Pronto comenzaron a lloverle escupitajos, baldes de
agua fría, maceteros, relojes, galardones de concursos literarios, zapatos,
etc. Nada lo detuvo, y siguió interpretando a Favio hasta que en un arranque de
locura, y sin dejar de cantar, se desnudó.
Justo
en ese instante comenzó a llover muy fuerte, lo que tampoco le importó gran
cosa, sabiendo que sería imposible regresar así a casa y darle una explicación
coherente a su mujer. Al final, una horrorosa tulipa que observaba la escena con
alguna compasión, se ofreció generosa a dar buen término al calvario de aquel
beodo. Lo tomó con sus tentáculos, lo condujo en el aire hacia su pistilo y se
lo bebió como a un batido rancio de cualquier Servicentro de Avenida Los
Carrera. Del hombre nunca más se supo, aunque hay quienes aseguran escucharle cantar
a Favio en las noches más desordenadas del paseo Barros.
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