viernes, 20 de julio de 2012

Desde el Patíbulo # 1







¿Nos cansaremos algún día de escuchar todos esos cuentos? ¿Nos aburriremos de ellos y terminaremos arrojándolos al tarro de la basura? La vida está llena de misterios y sorpresas. Pero sobre todo de suspensos. Y algunos días brilla tanto el sol, que puedes deshacerte de parte de esa mierda con que han tratado de castrarte el alma desde que eras un niño o una nena.


Alguien nos dirá, ¿y qué diablos hacer con las leyes? Bueno, como casi todas las instituciones, la mayoría de las leyes sólo le prestan alguna utilidad a quienes lucran con ellas. De un tiempo a esta parte, todo parece haberse convertido en una trampa ¿Anarquistas? mierda, sólo queremos echar un trago en paz. Y eso no está nada fácil por estos días. Pero ya que hablamos de desorden, permítenos contarte algo de esa chica.

Se llamaba Cecilia y hasta hace algún tiempo era habitual verla sentada en la barra del Fusión. Los jueves y viernes amanecía en aquel clandesta. Era guapa y parecía ser el gancho del lugar. Sin embargo, siempre estaba sola, como esperando algo, y cada noche perdía la cuenta de los vodka tónicos que tomaba. Al igual que acerca de ella, sobre el bar corría todo tipo de rumores. Que había desaparecido gente, que se traficaba duro allí dentro, que los sillones eran nidos de cucarachas, etc.

Cecilia era dada a armar uno que otro numerito estando borracha. Pero por alguna extraña razón, el dueño del bar no se inmutaba por sus actos. Una noche se le acercó un beodo, que haciendo grandes esfuerzos por disimular si embriaguez, inflando el pecho le dijo:

—¿Sabes? Me gustaría verte sonreír aunque fuera sólo por una vez. Siempre pareces estar muy triste.

—Eso es porque me gustaría no tener gente como tú diciéndome idioteces— respondió secamente Cecilia.

—Al menos déjame invitarte un trago.

—Bueno.

Entonces cada uno bebió en silencio, y de pronto Cecilia le dijo:

—De acuerdo, vamos al baño, hagámoslo allí.

Al llegar, ella hizo que el hombre se desnudara.

—Quiero ver ese pene erecto, ¡vamos, póntela dura, maldita sea! ¡Hasta que no se te empalme no me tocarás ni un pelo!

El tipo, todo borracho, estaba en un serio aprieto. Se frotaba compulsivamente el pene, desesperado, intentando conseguir un milagro. Pero no había nada que hacer. Hasta sus ojos bailaban fuera de sus órbitas. Alguien golpeó dos veces la puerta del baño. Cecilia pareció desesperarse y le gritó a víctima, frenética:

—¿No querías follarme hijo de puta? ¡Pues si no se te pone tiesa conmigo no será con ninguna!

Cecilia empujó al beodo, que cayó de espaldas, azotándose la nuca en las baldosas. Acto seguido, extrajo de su cartera una pequeña daga, y con no poca precisión, le cercenó la punta del pene al sujeto. Debido al dolor, comenzó a recobrar la conciencia, mientras la sangre salía a borbotones. Ella echó el pedacito de carne en un frasco lleno de un líquido verdoso, donde flotaban otros dos glandes. Salió del baño cruzándose en la puerta con un par de sujetos que entraron con maletines médicos. Bebió de un trago lo que quedaba de su vodka tónico. Entonces, se acercó al dueño del bar y le dijo:

—Ya está hecho, ahora tienes otro cuerpo para tus experimentos.

Cerró con seguro la puerta del bar al salir, sabiendo que la semana siguiente los tragos nuevamente correrían por cuenta de la casa.


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