¿Nos cansaremos
algún día de escuchar todos esos cuentos? ¿Nos aburriremos de ellos y
terminaremos arrojándolos al tarro de la basura? La vida está llena de
misterios y sorpresas. Pero sobre todo de suspensos. Y algunos días brilla
tanto el sol, que puedes deshacerte de parte
de esa mierda con que han tratado de castrarte el alma desde que eras un niño o
una nena.
Alguien nos dirá,
¿y qué diablos hacer con las leyes? Bueno, como casi todas las instituciones, la
mayoría de las leyes sólo le prestan alguna utilidad a quienes lucran con
ellas. De un tiempo a esta parte, todo parece haberse convertido en una trampa ¿Anarquistas? mierda, sólo queremos
echar un trago en paz. Y eso no está nada fácil por estos días. Pero ya que
hablamos de desorden, permítenos contarte algo de esa chica.
Se llamaba Cecilia
y hasta hace algún tiempo era habitual verla sentada en la barra del Fusión. Los jueves y viernes amanecía en
aquel clandesta. Era guapa y parecía ser el gancho del lugar. Sin embargo, siempre
estaba sola, como esperando algo, y cada noche perdía la cuenta de los vodka
tónicos que tomaba. Al igual que acerca de ella, sobre el bar corría todo tipo
de rumores. Que había desaparecido gente, que se traficaba duro allí dentro,
que los sillones eran nidos de cucarachas, etc.
Cecilia era dada a armar
uno que otro numerito estando borracha. Pero por alguna extraña razón, el dueño
del bar no se inmutaba por sus actos. Una noche se le acercó un beodo, que
haciendo grandes esfuerzos por disimular si embriaguez, inflando el pecho le
dijo:
—¿Sabes? Me
gustaría verte sonreír aunque fuera sólo por una vez. Siempre pareces estar muy
triste.
—Eso es porque me
gustaría no tener gente como tú diciéndome idioteces— respondió secamente Cecilia.
—Al menos déjame
invitarte un trago.
—Bueno.
Entonces cada uno
bebió en silencio, y de pronto Cecilia le dijo:
—De acuerdo, vamos
al baño, hagámoslo allí.
Al llegar, ella hizo
que el hombre se desnudara.
—Quiero ver ese
pene erecto, ¡vamos, póntela dura, maldita sea! ¡Hasta que no se te empalme no
me tocarás ni un pelo!
El tipo, todo borracho,
estaba en un serio aprieto. Se frotaba compulsivamente el pene, desesperado,
intentando conseguir un milagro. Pero no había nada que hacer. Hasta sus ojos
bailaban fuera de sus órbitas. Alguien golpeó dos veces la puerta del baño.
Cecilia pareció desesperarse y le gritó a víctima, frenética:
—¿No querías
follarme hijo de puta? ¡Pues si no se te pone tiesa conmigo no será con
ninguna!
Cecilia empujó al
beodo, que cayó de espaldas, azotándose la nuca en las baldosas. Acto seguido,
extrajo de su cartera una pequeña daga, y con no poca precisión, le cercenó la
punta del pene al sujeto. Debido al dolor, comenzó a recobrar la conciencia,
mientras la sangre salía a borbotones. Ella echó el pedacito de carne en un
frasco lleno de un líquido verdoso, donde flotaban otros dos glandes. Salió del
baño cruzándose en la puerta con un par de sujetos que entraron con maletines
médicos. Bebió de un trago lo que quedaba de su vodka tónico. Entonces, se
acercó al dueño del bar y le dijo:
—Ya está hecho, ahora
tienes otro cuerpo para tus experimentos.
Cerró con seguro la
puerta del bar al salir, sabiendo que la semana siguiente los tragos nuevamente
correrían por cuenta de la casa.
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