viernes, 20 de julio de 2012

La puerta falsa


De que había una puerta falsa en la picá de calle Galvarino con Heras, la había. Puedo afirmarlo pues vi escaparse por allí un par de veces a su dueño, que en los años duros fue perseguido por la policía. Lo más curioso es que años después un viejo que perteneció a la CNI comenzó a frecuentar el bar. Al parecer, se había criado en ese barrio, y después de deambular por todo Chile llevando los mil y un horrores, regresó a su lugar de infancia. Algunos abuelos que se sentaban a fumar en la Plaza Condell le hacían el quite cuando lo veían pasar.

El caso fue que esa puerta falsa también la usó un día la hija del viejo CNI. Para desgracia de su padre, la mozuela le salió punketa, y fue a parar una lluviosa noche al antro que frecuentaba su progenitor. Para serle honesto, venía raja de curá, y aparte, me atrevería a decir que despechada, porque se mandó los dos primeros pencazos como si fuera agua.

Era harto buena moza la tonta, para qué vamos a andar con cuentos, pero estaba más chiflada que el mismo diablo. No sé de dónde habrá sacado la plata, pero nos invitó a todos una ronda, a cada sorbo se quitó algo de ropa y el último brindis fue por la soledad. No se equivocó, si allá dentro no somos más que un montón de viejos culiados que nos juntamos a hacer convivir nuestros fantasmas. El caso fue que el CNI venía en camino, y le puedo asegurar que ninguno de nosotros había tomado tanto como esa noche, porque ella era como un ángel allí en medio, y necesitábamos estimularnos para saber que seguíamos vivos y no era na’ un sueño.

Borrachos como estábamos, la ayudamos a salir por la puerta falsa. Incluso le devolvimos algún dinero para que comprara pan y té. Ella se despidió de un beso en la mejilla uno por uno. Cuando llegó su padre, claro, nos hicimos los huevones e hicimos creer que el Viejo Charly estaba de cumpleaños para justificar nuestras inconfesables sonrisas.

Desde el Patíbulo # 1







¿Nos cansaremos algún día de escuchar todos esos cuentos? ¿Nos aburriremos de ellos y terminaremos arrojándolos al tarro de la basura? La vida está llena de misterios y sorpresas. Pero sobre todo de suspensos. Y algunos días brilla tanto el sol, que puedes deshacerte de parte de esa mierda con que han tratado de castrarte el alma desde que eras un niño o una nena.


Alguien nos dirá, ¿y qué diablos hacer con las leyes? Bueno, como casi todas las instituciones, la mayoría de las leyes sólo le prestan alguna utilidad a quienes lucran con ellas. De un tiempo a esta parte, todo parece haberse convertido en una trampa ¿Anarquistas? mierda, sólo queremos echar un trago en paz. Y eso no está nada fácil por estos días. Pero ya que hablamos de desorden, permítenos contarte algo de esa chica.

Se llamaba Cecilia y hasta hace algún tiempo era habitual verla sentada en la barra del Fusión. Los jueves y viernes amanecía en aquel clandesta. Era guapa y parecía ser el gancho del lugar. Sin embargo, siempre estaba sola, como esperando algo, y cada noche perdía la cuenta de los vodka tónicos que tomaba. Al igual que acerca de ella, sobre el bar corría todo tipo de rumores. Que había desaparecido gente, que se traficaba duro allí dentro, que los sillones eran nidos de cucarachas, etc.

Cecilia era dada a armar uno que otro numerito estando borracha. Pero por alguna extraña razón, el dueño del bar no se inmutaba por sus actos. Una noche se le acercó un beodo, que haciendo grandes esfuerzos por disimular si embriaguez, inflando el pecho le dijo:

—¿Sabes? Me gustaría verte sonreír aunque fuera sólo por una vez. Siempre pareces estar muy triste.

—Eso es porque me gustaría no tener gente como tú diciéndome idioteces— respondió secamente Cecilia.

—Al menos déjame invitarte un trago.

—Bueno.

Entonces cada uno bebió en silencio, y de pronto Cecilia le dijo:

—De acuerdo, vamos al baño, hagámoslo allí.

Al llegar, ella hizo que el hombre se desnudara.

—Quiero ver ese pene erecto, ¡vamos, póntela dura, maldita sea! ¡Hasta que no se te empalme no me tocarás ni un pelo!

El tipo, todo borracho, estaba en un serio aprieto. Se frotaba compulsivamente el pene, desesperado, intentando conseguir un milagro. Pero no había nada que hacer. Hasta sus ojos bailaban fuera de sus órbitas. Alguien golpeó dos veces la puerta del baño. Cecilia pareció desesperarse y le gritó a víctima, frenética:

—¿No querías follarme hijo de puta? ¡Pues si no se te pone tiesa conmigo no será con ninguna!

Cecilia empujó al beodo, que cayó de espaldas, azotándose la nuca en las baldosas. Acto seguido, extrajo de su cartera una pequeña daga, y con no poca precisión, le cercenó la punta del pene al sujeto. Debido al dolor, comenzó a recobrar la conciencia, mientras la sangre salía a borbotones. Ella echó el pedacito de carne en un frasco lleno de un líquido verdoso, donde flotaban otros dos glandes. Salió del baño cruzándose en la puerta con un par de sujetos que entraron con maletines médicos. Bebió de un trago lo que quedaba de su vodka tónico. Entonces, se acercó al dueño del bar y le dijo:

—Ya está hecho, ahora tienes otro cuerpo para tus experimentos.

Cerró con seguro la puerta del bar al salir, sabiendo que la semana siguiente los tragos nuevamente correrían por cuenta de la casa.


---

martes, 10 de julio de 2012

Karaoke

Nunca podremos sentirnos suficientemente seguros caminando de madrugada por el centro de Concepción. Sin embargo, lo que le sucedió a ese pobre borracho no se puede atribuir a otra cosa que no sea una maldición, un castigo de los dioses, el karma o la simple mala cuea de estar en el lugar equivocado a la hora incorrecta.

Dejó la mitad de su sueldo en un local de karaoke. El asunto fue motivado por una tragedia amorosa, aunque la música allí dentro bien hubiese podido alimentar fantasías suicidas hasta en el espíritu más limpio. Por eso, mientras los demás cantaban tales abominaciones, él se dedicó a beber un trago tras otro, hasta perder la cuenta y la conciencia. Fue arrojado a la calle por un par de gorilas, y caminó dando tumbos por Barros Arana. Se decidió por fin a cantar a todo pulmón un tema de Favio, y entonces comenzó su vía crucis. Alguna gente despertó sobresaltada de sus pesadillas, y corrió al balcón para gritarle groserías o arrojarle algún objeto. Pronto comenzaron a lloverle escupitajos, baldes de agua fría, maceteros, relojes, galardones de concursos literarios, zapatos, etc. Nada lo detuvo, y siguió interpretando a Favio hasta que en un arranque de locura, y sin dejar de cantar, se desnudó.

Justo en ese instante comenzó a llover muy fuerte, lo que tampoco le importó gran cosa, sabiendo que sería imposible regresar así a casa y darle una explicación coherente a su mujer. Al final, una horrorosa tulipa que observaba la escena con alguna compasión, se ofreció generosa a dar buen término al calvario de aquel beodo. Lo tomó con sus tentáculos, lo condujo en el aire hacia su pistilo y se lo bebió como a un batido rancio de cualquier Servicentro de Avenida Los Carrera. Del hombre nunca más se supo, aunque hay quienes aseguran escucharle cantar a Favio en las noches más desordenadas del paseo Barros.